todo terminó en nuestra cocina.
Vivíamos entonces en un ático desde el que se veía la ciudad como un mapa brillante bajo el hielo.
Yo estaba preparando té.
Recuerdo ese detalle con una claridad absurda.
El sonido del agua.
El vapor subiendo.
La cuchara tocando la taza.
Luca estaba junto a la isla de la cocina, vestido todavía con traje, sin abrigo, como si hubiera entrado desde la calle y no hubiera tenido fuerzas para quitarse del todo el día.
—Nia —dijo.
Supe por su voz que algo irreversible venía.